Eclipsar a Kast y la ultraderecha: un arte de resistencia y también de silencio

Publicado originalmente en El Mostrador el 25 de marzo de 2018.

Por Gonzalo Cuadra.

Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca han sido pocas las buenas noticias que han llegado desde EEUU. Pero recientemente – aún en medio de escenas tan distópicas como un presidente sugiriendo que el profesorado debe manejar armas en el aula para “proteger” a sus estudiantes – parece haber pequeños renglones de esperanza que merecen mención: en una reciente columna en The Guardian, se hacía referencia a cómo la ultraderecha daba algunas señales de retroceso – con el fracaso de eventos públicos convocados por algunos de sus líderes como solo un ejemplo – y relevaba el rol de los grupos antifascistas en detener el avance de esas nefastas expresiones por medio de sus constantes esfuerzos en la forma de (contra)protestas y boicots de actividades organizadas por grupos ultraderechistas.

Sin duda que para un análisis exhaustivo de este asunto y todas sus aristas que permita ofrecer una postura contundente sobre los hechos habría que meterse en discusiones bizantinas: consideraciones éticas y pragmáticas sobre la violencia como estrategia en política, la pregunta sobre los límites de la libertad de expresión o de la tolerancia a la intolerancia (ampliamente conocida y citada es la paradoja Popperiana al respecto), entre otras. Cabe señalar eso sí, dos cosas:

En primer lugar, la activa resistencia antifascista, y la oposición firme a la expresión pública de verdaderos discursos de odio que van en contra de los principios humanos más básicos tiene un valor en la lucha en contra de las olas fascistoides. Basta recordar episodios históricos como la batalla de Cable Street, que en 2016 cumplió 80 años, en que con el liderazgo de parte de la comunidad judía y el apoyo de un sector de la izquierda se organizó una marcha en contra de la organizada por la Asociación Fascista Británica, resultando en un épico choque con la policía y los otros manifestantes. Muchos consideran este como un episodio clave en la lucha contra el avance del fascismo en Reino Unido.

En segundo lugar, el incontenible afán por mostrar credenciales de buenos modales liberales – que algunos referentes de mi propia coalición frenteamplista parecen padecer a la luz de los sucesos de las últimas semanas – no puede hacernos olvidar que los discursos políticos tienen un correlato material: tanto en el sentido de que el avance de ciertos sectores tiene un impacto real sobre las vidas concretas de grupos sociales, como en la noción fundamental de que los sectores políticos defienden los intereses de determinadas clases sociales o grupos sociales dominantes y dominados. La política no es un mero ejercicio de articulación entre competencia electoral, actividad partidaria y debate republicano y académico de cuya interrelación resultan las políticas de uno u otro signo que terminan predominando. Más bien se trata de una pugna que se libra en diversas dimensiones de la realidad, en la que el fair play y el talento no tienen la última palabra, sino la correlación de fuerzas. De nada sirve que nos presentemos como una izquierda descafeinada que no constituye una amenaza para el orden republicano liberal. Buscar apaciguar a la clase dominante para poder llegar a gobernar sin miedo a que hagan lo imposible por hacernos fracasar es una trampa lógica: hipoteca el proyecto transformador de una democracia radical (más allá de la democracia liberal que hoy conocemos) en nombre de su éxito.

De un tiempo a esta parte es preocupante ver cómo este personaje – que sin duda pertenece al grupo de las figuras ubuescas de las que venimos alertando - lograba cada vez mayor exposición pública, y sus posiciones a todas luces extremas parecían cada vez tener más lugar en la discusión política nacional. Es por todos conocido el rol central de los medios de comunicación en la (re)producción de sentidos comunes. Pero esta perogrullada tiene una implicancia lógica que muchas veces se esquiva, y es la responsabilidad política que tienen a la hora de dar cabida o abiertamente fomentar el machismo, racismo, y las más variopintas formas de discriminación que se supone están fuera de los marcos de la convivencia democrática. Darles tribuna a determinadas voces puede tener consecuencias muy negativas para la sociedad y esto es algo sobre lo que no pueden lavarse las manos, y frente a lo cual como izquierda no podemos quedarnos de brazos cruzados. Debemos impugnar que se le sigan proporcionando plataformas para difundir su discurso fascistoide, al mismo tiempo que actuamos con inteligencia para evitar que siga marcando agenda.

Existe un ejemplo en el área de la Salud Pública que es ilustrativo a este respecto. Existe evidencia de que generar un fuerte antagonismo hacia los grupos “anti-vacunas” tiene un efecto contraproducente en la medida que 1) genera la falsa imagen de que existen dos grupos con posiciones sino equivalentes al menos relativamente comparables en su legitimidad 2) favorece la polarización de las posiciones de esos grupos, generando identidades que logran convocar a sectores más amplios de la población. Las vacunas son una de las intervenciones más exitosas de la historia de la humanidad a la hora de aumentar la expectativa de vida y proteger la salud de las poblaciones, y punto. Entonces, de lo que se trata es de asegurarse de que la población sea educada en esta noción básica y la comprenda. De este modo, no resulta justificable realizar debates en medios de comunicación en que por un lado se encuentre, por ejemplo, una científica amparada en evidencia abrumadora respecto de la eficacia y seguridad de la vacunación, y, por otro lado, en igualdad de condiciones, una persona defendiendo una postura en contra de las vacunas, que carece de cualquier sustento científico y amenaza el interés colectivo. Este tipo de contrasentidos no deben aceptarse, menos aún en medios de comunicación masivos.

En el lenguaje propio de internet: a este troll (y a sus defensores) no hay que alimentarlo. Esto pasa tanto por evitar tácticas poco proporcionales de resistencia o protesta, innecesarias expresiones de solidaridad por parte de la izquierda que solo sirven para darle más tribuna, como también desgastarse en debates inconducentes. En muchos casos, aceptar discutir con un interlocutor implica otorgarle algún grado de legitimidad a su posición. A Kast de cuando en cuando habrá que simplemente hacerle el vacío; rehusarse a entrar en ciertos debates con él, tanto para evitar otorgarle relevancia como actor político, como para hacer un gesto de que hay ciertas cuestiones que sencillamente son inadmisibles, que están fuera de discusión.

Así, de lo que se trata es de elegir sabiamente cuándo, cómo y de qué forma resistir, y en qué momentos es mejor optar por un activo silencio.